De la declaración a la evidencia: por qué la credibilidad será uno de los principales activos de la sostenibilidad
Durante muchos años, una parte importante de la agenda de sostenibilidad se ha articulado en torno a los compromisos. Las empresas han establecido objetivos medioambientales, han asumido compromisos climáticos, han creado políticas para proveedores, han desarrollado programas sociales y han comenzado a comunicar al mercado sus estrategias ESG.
Este movimiento ha contribuido a situar las cuestiones medioambientales y sociales en el centro de las decisiones empresariales, pero también ha planteado un nuevo reto: cuanto mayor es el número de declaraciones relacionadas con la sostenibilidad, mayor es la necesidad de demostrar en qué se basa cada una de ellas. Por lo tanto, el debate empieza a pasar de lo que una organización afirma hacer a lo que realmente es capaz de demostrar.
No basta con decir que una materia prima procede de una fuente responsable, que una cadena de suministro es trazable, que un proceso determinado tiene un impacto positivo o que un producto cumple con criterios socioambientales. Es necesario comprender de dónde procede esa información, quién la ha declarado, qué registros existen, cómo se ha elaborado y, cuando sea necesario, quién ha llevado a cabo su verificación.
Esta transformación confiere a la credibilidad un papel cada vez más estratégico. La credibilidad no se deriva simplemente de la cantidad de datos presentados ni de la sofisticación tecnológica utilizada para almacenarlos. Se construye a partir de la combinación de transparencia, gobernanza, metodología, calidad de la información y capacidad para aportar pruebas. Una empresa puede disponer de miles de registros sobre su cadena de suministro y, aun así, tener dificultades para responder a preguntas fundamentales sobre el origen de dicha información.
Del mismo modo, un informe puede presentar decenas de indicadores sin dejar claro cómo se han obtenido determinados resultados. El reto no consiste únicamente en generar más datos, sino en crear las condiciones para que puedan entenderse en su contexto y utilizarse de forma responsable.
Es precisamente en este punto donde surge una distinción importante entre declaración y prueba. Una declaración representa lo que alguien afirma sobre un determinado producto, proceso u organización. Una prueba es un elemento que ayuda a respaldar esa afirmación. Si un productor declara que un determinado material tiene un origen específico, por ejemplo, esa información puede ir acompañada de registros de producción, documentos, identificación de lote, datos territoriales u otras fuentes.
Dependiendo del contexto, un tercero podría llevar a cabo una verificación adicional. Lo que no debemos hacer es considerar todos estos niveles como equivalentes. Una información autodeclarada, un documento emitido por un tercero, una auditoría independiente y una certificación acreditada pueden tener funciones y niveles de validación diferentes. La transparencia también implica dejar claro cuál es el nivel de evidencia disponible.
Esta distinción es especialmente relevante porque existe una tendencia a asociar la evidencia verificable exclusivamente con la certificación. Las certificaciones son instrumentos importantes y, en muchos contextos, indispensables. Sin embargo, no toda la información de una cadena debe ni puede certificarse. Hay miles de datos que contribuyen a construir la historia de un producto: productor, territorio, materia prima, proceso, lote, proveedor, documento, movimiento y destino comercial.
Parte de esta información puede ser declarada directamente por quienes la generan; otra parte puede acreditarse mediante documentación; cierta información puede ser verificada por terceros; y algunas situaciones requerirán auditorías, ensayos o certificaciones formales. Crear una arquitectura de pruebas significa reconocer estas diferencias y permitir que cada dato incluya también su contexto de procedencia y validación.
Esta lógica cobra aún más importancia ante el aumento de las exigencias relacionadas con la diligencia debida y la gestión de riesgos en las cadenas de producción. Cuanto más lejos se encuentra una empresa del origen de sus productos y materias primas, mayor puede ser la dificultad para comprender lo que ocurre en los primeros eslabones de la cadena. Un comprador puede conocer a su proveedor directo, pero no necesariamente a todos los actores implicados antes que él.
La información puede pasar por diferentes organizaciones, sistemas y documentos antes de llegar a la empresa encargada de tomar una decisión. A lo largo de ese recorrido, los datos pueden perder contexto, quedar desactualizados o, simplemente, permanecer fragmentados. En este contexto, garantizar la trazabilidad no significa solo seguir físicamente un producto, sino crear continuidad informativa entre los diferentes actores que participan en su trayectoria.
Para los pequeños productores, los artesanos, las cooperativas y las comunidades, este reto tiene una dimensión adicional. A menudo existen prácticas responsables, conocimientos territoriales e información sobre el origen, pero poca capacidad para convertirlos en registros estructurados. La ausencia de una infraestructura de datos sofisticada no implica necesariamente la ausencia de buenas prácticas.
Sin embargo, cuando esa información debe circular en los mercados formales, lo que no se puede demostrar tiende a ser más difícil de reconocer. Por lo tanto, el reto de la tecnología no debería consistir simplemente en exigir a los pequeños productores que elaboren más documentos, sino en ayudarles a organizar progresivamente las pruebas de lo que ya hacen, utilizando herramientas compatibles con su realidad y preservando la autoría y el contexto.
También hay una dimensión importante relacionada con las afirmaciones sobre sostenibilidad. Términos como «sostenible», «responsable», «ético», «con bajas emisiones de carbono» o «trazable» pueden parecer objetivos, pero a menudo dependen de criterios específicos.
La pregunta relevante ya no es solo si una organización utiliza una determinada expresión, sino: ¿qué significa exactamente esa expresión en ese contexto y qué pruebas justifican su uso?
Cuanto más específica sea la afirmación, mayor tiende a ser la necesidad de claridad en cuanto a la metodología, el alcance y la base documental. Este cambio es importante para reducir el riesgo de convertir la sostenibilidad en un conjunto de afirmaciones difíciles de comparar o verificar.
La tecnología puede desempeñar un papel importante en esta evolución, pero también hay que entenderla dentro de sus límites. La cadena de bloques puede contribuir a la integridad y al historial de los registros, pero por sí sola no puede determinar si una información introducida originalmente es veraz. La inteligencia artificial puede relacionar grandes volúmenes de datos e identificar inconsistencias, pero sus conclusiones dependen de la calidad de la información disponible.
Los códigos QR pueden facilitar el acceso al historial de un producto, pero el código, por sí solo, no demuestra la procedencia de lo que representa. La tecnología puede proteger, conectar, organizar y analizar las pruebas; no debe confundirse con las propias pruebas. Esta distinción es esencial para crear sistemas realmente fiables.
El siguiente paso podría consistir precisamente en la creación de ecosistemas de pruebas, en los que la información no aparezca únicamente como campos aislados, sino que esté vinculada al producto, al responsable de la declaración, al momento del registro, al documento correspondiente y, cuando proceda, al mecanismo utilizado para su validación.
En este modelo, la información puede evolucionar. Un dato declarado inicialmente por el productor puede recibir posteriormente documentación complementaria, asociarse a un lote, someterse a una verificación o integrarse en un proceso de certificación. En lugar de reconstruir todo el historial del producto cada vez que surge un nuevo requisito, la cadena comienza a crear progresivamente un historial organizado de pruebas.
Desde esta perspectiva, SUIDChain trabaja con la identidad digital de los productos. Al interrelacionar información sobre el origen, el territorio, la autoría, los materiales, los procesos, los lotes, los documentos y la trayectoria comercial, el objetivo es crear una estructura en la que las pruebas puedan acompañar al producto a lo largo del tiempo.
Esto no significa atribuir el mismo nivel de fiabilidad a toda la información, ni sustituir a las entidades certificadoras, los organismos de acreditación, los auditores o las autoridades reguladoras. Al contrario: una arquitectura de pruebas debe permitir distinguir claramente lo que se ha declarado, lo que se ha documentado, lo que se ha verificado y lo que se ha certificado.
Esta distinción puede convertirse en uno de los elementos más importantes de la próxima generación de sistemas de sostenibilidad. En un entorno en el que las empresas, los mercados, los consumidores, las instituciones financieras y los compradores reciben un volumen cada vez mayor de información, la credibilidad no la ganará necesariamente quien presente más datos, sino quien consiga demostrar de dónde proceden, cómo se han obtenido y qué pruebas respaldan cada afirmación.
Esto supone un cambio importante: la sostenibilidad deja de depender únicamente de la capacidad de comunicar compromisos y pasa a exigir una infraestructura capaz de conservar su memoria y demostrar su aplicación.
Quizás, por lo tanto, la pregunta más importante de los próximos años no sea simplemente «¿cuál es tu compromiso con la sostenibilidad?». La pregunta podría ser mucho más concreta: «¿qué puedes demostrar al respecto?».
Es en ese paso de la declaración a la evidencia donde la transparencia se convierte en credibilidad, y donde los datos dejan de ser meros registros para pasar a formar parte de la construcción de la confianza entre productos, empresas, mercados y la sociedad.




