Del producto al territorio: cómo la trazabilidad, el clima y el paisaje transforman la gestión de las cadenas de producción

Todos los productos provienen de algún lugar. Esta afirmación parece sencilla, pero adquiere una dimensión mucho mayor cuando pensamos en la sostenibilidad, la trazabilidad y la gestión de las cadenas de producción.

Durante mucho tiempo, los sistemas empresariales se estructuraron principalmente para identificar productos, proveedores y transacciones: quién suministró, cuánto se compró, cuándo se realizó la entrega y adónde se envió la mercancía. Esta información sigue siendo esencial, pero conocer al proveedor no significa necesariamente conocer el contexto en el que se fabricó ese producto. A medida que las cuestiones climáticas, medioambientales, sociales y normativas empiezan a influir en las cadenas de suministro globales, surge una necesidad adicional: comprender el territorio que hay detrás del origen.

Un territorio no es simplemente una dirección, un código postal o unas coordenadas geográficas. Un territorio cuenta con clima, agua, biodiversidad, infraestructuras, condiciones logísticas, actividades económicas, comunidades, conocimientos locales y características productivas propias.

También presenta vulnerabilidades. Las sequías, las inundaciones, los incendios, los cambios en el régimen de lluvias, la presión sobre los recursos naturales o las dificultades en materia de infraestructuras pueden afectar directamente a la disponibilidad de una materia prima y a la continuidad de una cadena.

Por eso, cuando asociamos un producto al territorio en el que se ha producido, añadimos una capa de contexto que difícilmente aparece en un registro comercial tradicional. El origen deja de ser solo un punto en el mapa y empieza a explicar parte de las condiciones que hacen posible esa producción.

En un país con la diversidad territorial de Brasil, este enfoque cobra especial relevancia. La Amazonía, el Cerrado, el Pantanal y la Caatinga, por ejemplo, presentan características ambientales, productivas y sociales profundamente diferentes, e incluso dentro de cada bioma existen realidades locales muy distintas.

Un producto procedente de la Amazonía puede estar relacionado con cadenas de sociobiodiversidad, comunidades tradicionales, sistemas agroforestales o diferentes modelos productivos. En el Cerrado, el Pantanal o la Caatinga, se darán otras combinaciones de disponibilidad hídrica, vegetación, infraestructuras, producción y riesgos. Esto significa que utilizar únicamente el país o el estado como información de origen puede ocultar una enorme cantidad de contexto relevante para comprender una cadena.

Este cambio de perspectiva también vincula la trazabilidad con la seguridad del suministro. Imaginemos una empresa que cuenta con diez proveedores de una determinada materia prima. En un análisis convencional, este número podría sugerir una cadena relativamente diversificada.

Sin embargo, si ocho de esos proveedores se concentran en el mismo territorio y están expuestos a los mismos riesgos climáticos o logísticos, la diversificación puede ser mucho menor de lo que parece. Una sequía prolongada, una inundación o una interrupción de las infraestructuras podrían afectar a varios proveedores a la vez. Cuando la información sobre la trazabilidad se relaciona con la información territorial, el mapa de proveedores empieza a convertirse también en un mapa de exposición y dependencia.

El cambio climático hace que este análisis sea aún más importante. El clima no debe entenderse únicamente como una cuestión medioambiental ajena a la empresa. Los fenómenos extremos pueden afectar a la producción, la disponibilidad de materias primas, el transporte, los precios y la capacidad de entrega.

Los cambios graduales en la temperatura o las precipitaciones también pueden modificar los ciclos productivos a lo largo del tiempo. Por lo tanto, comprender dónde se encuentra una cadena de suministro puede ayudar a las organizaciones a identificar vulnerabilidades y a plantear estrategias de adaptación, diversificación y continuidad. Esto no significa que una coordenada geográfica permita predecir el futuro de una cadena de suministro, sino que la información territorial, combinada con otros datos, puede mejorar significativamente la calidad del análisis de riesgos.

El mismo razonamiento se aplica a la deforestación y a los cambios en el uso del suelo. Estos temas no se limitan a la agenda medioambiental. Dependiendo de la cadena de suministro y del mercado, pueden implicar cuestiones de cumplimiento normativo, reputación, acceso comercial, disponibilidad futura de recursos y relaciones con los compradores.

Conocer el origen territorial puede contribuir a realizar evaluaciones más precisas, pero, una vez más, es importante distinguir entre la trazabilidad y la conclusión automática. Saber dónde se ha producido un determinado producto no prueba, por sí solo, que haya habido o no deforestación asociada a dicha producción. Para ello, se necesitan metodologías, datos adecuados y pruebas específicas. La trazabilidad proporciona el vínculo; otros niveles de información ayudan a construir el análisis.

Es precisamente ahí donde el enfoque paisajístico amplía la perspectiva. Una cadena no existe de forma aislada dentro de una propiedad, una fábrica o una comunidad. Diferentes actividades económicas comparten agua, infraestructuras, recursos naturales, servicios y territorios. Las empresas, los productores, los gobiernos, las asociaciones, las cooperativas y las comunidades pueden estar relacionadas con el mismo paisaje, aunque formen parte de cadenas diferentes.

Centrarse únicamente en un proveedor concreto puede tener sentido para determinados procesos de auditoría o cumplimiento normativo, pero algunos retos en materia de sostenibilidad solo pueden entenderse cuando ampliamos la perspectiva y observamos las relaciones que se dan a su alrededor.

Sin embargo, esta evolución entraña un riesgo: convertir el territorio en un mero conjunto de capas ambientales sobre un mapa digital. Los territorios también están formados por personas. Los agricultores familiares, los artesanos, los trabajadores, las cooperativas, los pueblos indígenas, las comunidades tradicionales, las pequeñas empresas y las organizaciones locales participan en la construcción económica y social de estos paisajes. Sus condiciones de ingresos, acceso a los mercados, infraestructuras, conocimientos y capacidad de adaptación también influyen en la resiliencia de la cadena. Un análisis territorial que tenga en cuenta el carbono, la vegetación y el agua, pero que ignore quién vive y produce en ese territorio, sigue siendo incompleto.

Esta dimensión humana cobra especial importancia cuando los productos están vinculados a conocimientos y prácticas transmitidos de generación en generación. Una fibra natural no es solo una materia prima. Puede existir un conocimiento específico sobre su recolección, preparación, teñido o trenzado.

Un elemento de la biodiversidad puede encerrar prácticas de gestión desarrolladas a lo largo de décadas. Un producto artesanal puede representar técnicas profundamente ligadas a la identidad de una comunidad. Estructurar esta información no significa apropiarse de ese conocimiento ni convertir la cultura en un simple campo de una base de datos. Significa reconocer que la identidad de determinados productos está directamente vinculada a las personas y a los territorios que hacen posible su existencia.

Cuando esta visión se integra en la trazabilidad, se abre el camino a una estructura de información mucho más rica. En lugar de registrar únicamente el producto, el proveedor y el lote, podemos empezar a relacionar el origen, el territorio, la materia prima, el productor, la organización, el proceso, los documentos, las pruebas y la trayectoria comercial.

Con el paso del tiempo, esta información puede servir de base para distintos análisis. Una empresa puede identificar la concentración territorial de los proveedores, comprender qué productos dependen de determinadas materias primas, detectar lagunas documentales o evaluar en qué ámbitos debe profundizar en su análisis de riesgos. En el caso de los proyectos de impacto y los instrumentos financieros, la información estructurada también puede servir de apoyo a los procesos de evaluación y seguimiento, aunque su mera existencia, por sí sola, no garantiza la inversión ni el acceso al crédito.

Esta transformación también cambia nuestra forma de concebir la tecnología. Los mapas, la inteligencia artificial, la teledetección, la cadena de bloques y las distintas bases de datos pueden contribuir a ampliar nuestra capacidad para observar las cadenas de producción, pero ninguna de estas tecnologías sustituye la necesidad de contexto. Una imagen de satélite puede revelar las características de una zona, pero por sí sola no cuenta la historia de quienes producen allí.

Un registro digital puede conservar cierta información, pero no garantiza automáticamente su veracidad. Un algoritmo puede identificar correlaciones, pero necesita datos adecuados y una gestión adecuada para generar análisis fiables. La tecnología adquiere valor cuando relaciona las pruebas con el contexto, no cuando intenta sustituir la realidad que pretende representar.

Desde esta perspectiva, SUIDChain trabaja con el concepto de identidad digital de los productos. La propuesta consiste en conectar la información relacionada con el origen, el territorio, la autoría, los materiales, los procesos, los lotes, los documentos, las pruebas y la trayectoria comercial, lo que permite comprender el producto más allá de su registro convencional.

El territorio pasa a ser una de las dimensiones de esa identidad, creando las condiciones para relacionar lo que se produce con el contexto en el que tiene lugar su producción. Esto no sustituye a las certificaciones, las evaluaciones medioambientales ni los análisis especializados cuando son necesarios, pero crea una estructura sobre la que se pueden organizar y conectar diferentes datos.

Es probable que la próxima generación de la trazabilidad no se defina únicamente por la capacidad de seguir un producto desde el punto A hasta el punto B. Será cada vez más contextual. Será necesario comprender no solo quién ha suministrado un artículo determinado, sino también de qué territorio procede, qué personas y procesos están relacionados con su producción, qué pruebas existen y qué factores pueden influir en la continuidad de esa cadena. La trazabilidad deja, por tanto, de representar únicamente un recorrido y empieza a representar un sistema de relaciones.

Porque, antes de recibir un SKU, entrar en un almacén, cruzar una frontera o llegar a un consumidor, todo producto tiene su origen en algún lugar. Y comprender ese lugar puede ser tan importante como seguir el recorrido que realiza a partir de ahí. La identidad de un producto no comienza con el código que lo identifica. Comienza en el territorio, en las personas, en los materiales y en las condiciones que han hecho posible su existencia.

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