La sostenibilidad también implica el acceso a los mercados: ingresos dignos, diversificación y resiliencia de las pequeñas cadenas
Cuando hablamos de sostenibilidad en las cadenas de producción, es habitual que lo primero que nos venga a la mente sean cuestiones medioambientales: la reducción de las emisiones, la conservación de la biodiversidad, el uso responsable de los recursos naturales, la lucha contra la deforestación y la adopción de procesos productivos de menor impacto.
Todos estos elementos son fundamentales, pero una cadena responsable desde el punto de vista medioambiental no es necesariamente sostenible si las personas encargadas de mantenerla no logran generar ingresos suficientes, siguen dependiendo de unos pocos compradores o se enfrentan a barreras permanentes para acceder a mercados más estructurados. La sostenibilidad también tiene una dimensión económica, y esta cobra especial relevancia cuando nos fijamos en los agricultores familiares, los artesanos, las cooperativas, las comunidades tradicionales y los pequeños productores, que constituyen el origen de innumerables cadenas de valor.
Esta reflexión cambia la forma en que analizamos el impacto. Preservar una materia prima, adoptar buenas prácticas productivas o cumplir con determinadas normas puede generar importantes beneficios medioambientales, pero también hay que preguntarse qué ocurre con quienes realizan ese trabajo. ¿Genera la actividad unos ingresos adecuados?
¿Existe previsibilidad en la demanda? ¿Puede el productor comercializar su producto en condiciones equilibradas? ¿Existen alternativas comerciales o depende toda la producción de un único comprador? ¿Existen oportunidades para que los jóvenes sigan dedicándose a esta actividad si así lo desean? Cuando estas preguntas se tienen en cuenta en el análisis, la sostenibilidad deja de considerarse únicamente desde la perspectiva del producto final y pasa a tener en cuenta la capacidad de la cadena para mantenerse económicamente viable a lo largo del tiempo.
La dependencia de un único comprador es un buen ejemplo de esta vulnerabilidad. Una comunidad puede establecer una relación comercial positiva con una empresa concreta, adaptar su producción, mejorar los procesos y organizarse para satisfacer la demanda. Sin embargo, si prácticamente todos sus ingresos se concentran en esa relación, existe un riesgo significativo.
Los cambios de estrategia, la reducción de los pedidos, la sustitución de proveedores o las variaciones del mercado pueden comprometer rápidamente la actividad productiva. Esta situación no significa que las relaciones comerciales a largo plazo sean negativas; al contrario, los compradores comprometidos pueden desempeñar un papel importante en el desarrollo de una cadena de suministro. El problema radica en la concentración excesiva y en la falta de alternativas, que pueden limitar la autonomía económica del productor y aumentar su vulnerabilidad.
Por ello, la diversificación de mercados también puede entenderse como una estrategia de sostenibilidad. Un pequeño productor que consigue acceder a diferentes compradores, regiones o canales comerciales reduce su dependencia de una única fuente de ingresos y amplía su capacidad de negociación.
Para una cooperativa, una comunidad productiva o un grupo de artesanos, esta diversificación puede suponer una mayor estabilidad frente a las fluctuaciones de la demanda.
Sin embargo, acceder a nuevos mercados no depende únicamente de contar con un buen producto. Es necesario saber presentarlo, demostrar su origen, informar sobre los materiales y los procesos, cumplir con los requisitos comerciales y normativos, organizar la documentación, fijar los precios, estructurar la logística y ganarse la confianza de los compradores, que a menudo se encuentran a miles de kilómetros de distancia.
Es precisamente en este punto donde surge una de las grandes asimetrías de las pequeñas cadenas. Muchos productos cuentan con una fuerte identidad territorial, conocimientos tradicionales, calidad y valor cultural, pero llegan al mercado con escasa información estructurada.
El productor conoce a fondo lo que hace, pero ese conocimiento no siempre se traduce al lenguaje que utilizan los compradores, importadores, plataformas de venta, organismos de certificación o instituciones financieras. El resultado es una paradoja: existe valor en el origen, pero parte de ese valor se vuelve invisible a lo largo de la cadena comercial. Cuando la historia, el proceso, los materiales, el territorio y las pruebas no acompañan al producto, este puede acabar siendo valorado únicamente por características como el precio, el aspecto y la disponibilidad.
Convertir esta información en activos estructurados puede contribuir a cambiar esta relación. Saber quién lo ha fabricado, dónde se ha fabricado, qué materiales se han utilizado, qué técnicas se han empleado, a qué lote pertenece el producto y qué documentos o pruebas están disponibles crea una base más sólida para establecer relaciones comerciales.
Esto no significa que contar la historia de un producto vaya a aumentar automáticamente su precio ni garantice nuevos compradores. El mercado depende de la demanda, el posicionamiento, la calidad, la competitividad y otros muchos factores. No obstante, la información estructurada reduce las asimetrías y amplía la capacidad de demostrar valor, especialmente en las cadenas en las que el origen, el territorio, el proceso de producción y el impacto forman parte de la diferenciación.
El debate sobre los ingresos dignos también debe ocupar un lugar central. Una cadena de suministro no se convierte en sostenible simplemente por el hecho de contar con una certificación o de cumplir una serie de criterios medioambientales. Si el productor no puede mantener económicamente su actividad, existe un problema estructural. Del mismo modo, la remuneración adecuada no puede analizarse al margen de la productividad, los costes, las condiciones locales y las características de cada cadena de suministro.
El reto consiste en comprender si el valor generado a lo largo del proceso productivo está creando las condiciones para que las personas implicadas puedan permanecer en la actividad con perspectivas económicas reales. La sostenibilidad, en este sentido, se acerca a la idea de resiliencia económica: la capacidad de una cadena para afrontar cambios, adaptarse y seguir generando valor sin comprometer a las personas ni a los recursos de los que depende.
Esta perspectiva también ayuda a comprender la relación entre la sostenibilidad y la sucesión familiar. En muchas actividades artesanales, agrícolas y tradicionales, los conocimientos se transmiten de generación en generación. Las técnicas de cultivo, gestión, recolección, tejido, trenzado, bordado, procesamiento de materias primas y muchos otros conocimientos dependen de la continuidad de las personas que los practican.
Sin embargo, no es razonable esperar que una nueva generación se dedique a una actividad determinada únicamente para preservar una tradición si esta no ofrece unas condiciones económicas mínimamente atractivas. La continuidad de un oficio debe ser una posibilidad, no una obligación. Cuando una actividad se valora, encuentra mercados, genera ingresos y ofrece perspectivas de desarrollo, aumentan las condiciones para que ese conocimiento pueda seguir transmitiéndose a quienes deseen conservarlo.
La certificación y la organización de la producción pueden contribuir a este proceso, pero deben ir acompañadas de beneficios concretos. Para un pequeño productor, invertir tiempo y recursos en adaptarse a una norma solo tendrá sentido a largo plazo si ese esfuerzo genera algún beneficio: una mejor gestión, la reducción de riesgos, el acceso a compradores, la revalorización del producto o nuevas oportunidades comerciales.
De lo contrario, la certificación corre el riesgo de ser percibida únicamente como un coste impuesto por los eslabones más fuertes de la cadena. Lo mismo ocurre con la trazabilidad. Pedir a los pequeños productores que registren cada vez más información sin aportarles ningún valor a cambio crea una relación desequilibrada. Los datos no deberían circular únicamente desde la base de la cadena hacia arriba; la información, las oportunidades y los beneficios también deben revertir en quienes generan esos datos.
Esta es quizá una de las cuestiones más importantes para la próxima generación de sistemas de sostenibilidad. Durante mucho tiempo, la información sobre los productores se recopilaba principalmente para satisfacer las necesidades de los compradores, las auditorías o el cumplimiento normativo.
Una infraestructura digital más equilibrada puede permitir que esa misma información se utilice también para aumentar la visibilidad del productor, organizar su trayectoria, identificar carencias en su preparación, presentar pruebas a nuevos socios y facilitar su acceso a diferentes mercados. Los datos dejan de ser solo una obligación de presentación de informes y pasan a funcionar como un activo para quienes se encuentran en el origen de la cadena.
Es desde esta perspectiva donde la identidad digital de los productos puede desempeñar un papel relevante. Al establecer una relación entre el producto, el fabricante, el territorio, los materiales, los procesos, los lotes, los documentos, las pruebas y la presencia comercial, resulta posible construir progresivamente una memoria estructurada de lo que se produce.
En SUIDChain, esta lógica pretende permitir que la información, que normalmente se encuentra dispersa, acompañe al producto a lo largo de su recorrido, contribuyendo no solo a la trazabilidad, sino también a la preparación comercial y a la inteligencia de mercado. Esto no garantiza el acceso a los mercados, la financiación ni el aumento de los ingresos —y sería erróneo afirmar que la tecnología, por sí sola, puede producir estos resultados—. Sin embargo, puede reducir las barreras informativas que hoy en día dificultan la participación de los pequeños actores en cadenas más estructuradas.
El reto, por lo tanto, consiste en lograr que la sostenibilidad y el acceso a los mercados dejen de ser agendas separadas. Preservar la biodiversidad, reducir los impactos medioambientales y mejorar las prácticas productivas son objetivos esenciales, pero la continuidad de estas transformaciones depende también de la capacidad de generar valor económico para quienes forman parte de la cadena. Para los pequeños productores, los artesanos y las comunidades, el acceso a los mercados, la diversificación de los compradores, la información, la formación y unos ingresos dignos también son componentes de la resiliencia.
Quizá sea necesario ampliar la pregunta que nos planteamos al evaluar una cadena sostenible. No solo «¿cómo se ha fabricado este producto?», sino también «¿qué condiciones estamos creando para que quienes lo producen puedan seguir haciéndolo, se les valore y tengan acceso a nuevas oportunidades?». Porque una cadena verdaderamente resiliente no es solo aquella capaz de demostrar su origen y reducir sus impactos. Es aquella que consigue conectar la responsabilidad medioambiental, las personas, el conocimiento, los ingresos y los mercados de tal forma que el valor generado por la sostenibilidad llegue también a quienes se encuentran en el origen.




